lunes, 24 de noviembre de 2008

Conversación con Manuel Halcón

En el año 1987, se publica un pequeño libro sobre la Exposición de 1929, su autor Francisco Narbona, recoge una interesante charla con Manuel Halcón, periodista de "El Liberal" por aquella época, critico exacerbado de la arquitectura de Anibal Gonzalez de la que da debida cuenta Antonio Burgos en un articulo suyo, llamado "Halcón en San Roman". La charla, muy breve, nos muestra la realidad de la Sevilla del 29 con sus luces y sus sombras y por supuesto con "dos torres, según alguno, rivales de la Giralda".

- ¿La Sevilla de la Exposición Ibero-Americana?

Manuel Halcón Villalón-Daoiz, marqués de Villar Tajo, escritor y académico de la Real de la Lengua, no de las Letras sevillanas, aparta, por un momento el libro que leía cuando llegamos a verle, echa ha­cia atrás la cabeza, entorna los ojos, y poniendo en or­sus recuerdos inicia, así, sus confidencias:

- De aquella Exposición estábamos oyendo hablar desde nuestra niñez. Se puede decir que crecimos mientras don Aníbal González iba creando, en largos y fecundos silencios, aquellos pabellones de la Plaza de América y sobre la ría de la Plaza de España iban re­flejandose los perfiles de las dos torres, rivales, según algunos, de la Giralda. Pero yo no estaba en Sevilla, (sino lejos de España) cuando se inauguró el Certámen. Cuando volví, la Exposición estaba ya en su mitad y cundía la idea, entre los sevillanos, de que "aquéllo" no había salido del todo bién. Recuerdo que fuí con mi padre a visitar el Pabellón Real y divisé, a la entra­da del mismo, los dos bargueños mudéjares (del siglo XVI) que habíamos ofrecido, para su contemplación por el visitante, en unión de otras piezas valiosas. Fueron ­muchas las familias sevillanas que entregaron a la Exposición recuerdos entrañables y objetos de Arte, sin exigir, por tal cesión, compensación alguna. En esa vi­sita mi padre se las ingenió para hacer desaparecer el cartelito que indicaba el nombre del propietario. No quería que se supiera que esos muebles eran del Marqués de San Gil.

- ¿Cómo era la sociedad sevillana por esos años?

- En Sevilla, y, en general, en toda España, estaban, entonces, las clases sociales más diferenciadas que hoy. Pero no había arrogancia. Existía ... más solidari­dad, diría. Yo he contado en mi libro "Recuerdos de Villalón", cómo muchas familias no disfrutaban de las rentas que le correspondían a su capital, porque, a cambio de no arrastrar un tren de vida de gran ostenta­nción, prescindían sistemáticamente de procuradores,alguacilillos y juzgados para cobrar sus deudas. Los años malos absorbían el paro en los lugares donde radicaban sus fincas, y en el quebradizo invierno repartían caridades. Eran casas donde los criados se morían
de viejos, en las habitaciones del piso alto, convertido en asilo de los jubilados servidores, que aún arrastrándose se empeñaban en no abandonar el servicio. Habia que encomendarles algo, de cuando en cuando, para hacerles felices. Y morían en el tránsito feliz de señor a Señor, sujetos a la idea de que en la tierra habían en­sayado, largamente, para servir en la otra vida al Señor de todos los señores nacidos y por nacer.

- ¿Cuáles eran los límites de aquella Sevilla?

- Sevilla los tenía en las puertas de la derribada muralla. Fuera quedaban los descampados: el campo de los Mártires, el Hospital, el cementerio, la Cruz del Campo, los Caños de Carmona, el Porvenir.

- Políticamente ... ¿quién mandaba en Sevilla?

- Hasta la Dictadura, los liberales. Aunque no faltaban en la calle relieves anarquistas. En los años ante­riores a Primo de Rivera ocupó la alcaldía don Anto­nio Halcón y Vinet, conde de Halcón. Era primo her­mano de mi padre. Su carrera política la había inicia­do con Borbolla, después derivó hacia el Romanonismo. Era hombre muy íntegro y vigilante. Le llamaron injustamente, "el alcalde-palanqueta", aludiendo a afición a los derribos. Pero fueron los concejales que le rodeaban los partidarios de tal panacea, remedio herói­co para poner un poco de orden en la complicada geo­grafía urbana de la ciudad. Era muy generoso. Incluso los alcaldes del franquismo acudían muchas veces, a él pidiéndole consejo. Los dio siempre. No leía otro pe­riódico que "El Liberal". Cuando dejó de salir, com­praba "Fe", porque se hacía en los mismos talleres, tenía el mismo formato.

- ¿Qué significó la Exposición para Sevilla?

- Indudablemente fue como la confirmación de haber cruzado el umbral del siglo XX. Y eso que, so­cialmente, la ciudad en los comienzos de la década de los veinte tenía ya un alto tono social. Yo recuerdo por ejemplo, haber oído cantar en el Teatro San Fer­nando y en la Catedral (en el Miserere), a figuras tan universales como Tito Schipa y Anselmi. Las tempora­das de Opera, en el Teatro San Fernando, no tenían que envidiar a las de Madrid. Todo el mundo iba de tiros largos.

- ¿Cuáles eran las relaciones de la clase alta, de la nobleza, con los otros estamentos?

- No había entonces, como hoy, una clase media cultivada... ivada ... Se mira.ba con cierto recelo a la burguesía industrial y comercial, sobre todo si era gente hecha de noche a la mañana, gracias a las oportunidades brin­dadas por los buenos negocios de la primera postgue­rra Lo que sí se respetaba era la Universidad. Los profesores, viejos o jóvenes, eran muy apreciados, y es­taban en inmejorables condiciones los Hazaña, La Rua, Mota, etc. para acceder a las más altas capas de la sociedad.

- Los deportes no tenían la difusión de hoy ... La gran afición competitiva estaba en el deporte hípico en su vertiente más típica: el acoso y derribo de reses bravas, tan unido al mundo de los toros. Los ganaderos tenian sus tertulias en el Círculo de Labradores o en "La Fiambrera", mientras la burguesía industrial busc­aba los salones del Mercantil y de la Unión Comer­al.

-¿y la Mitra? ¿Qué influencia tenía?

- Se miraba con respeto a los prelados de la archidiócesis ... El recuerdo de Spínola perduró durante mu­cho tiempo. Era un hombre ejemplar, que trasmitía a sensación de santidad, aún en sus gestos y conversac­iones más triviales. Yo le recuerdo paseando en el patio del Colegio de las Esclavas, donde una tía mía era monja y profesora de francés y dibujo. Luego hubo arzobispos más polémicas. Porque algunos no llegaron a entender del todo el mundo cofradiero. Pero, en ge­neral, los prelados actuaban siempre con buen tacto y discreción.


- De los hombres de la Exposición, ¿recuerda a al­guno en particular?

- A Pedro Caravaca. Fue el más valioso colabora­r de Cruz Conde, el Comisario Regio a quien toco llevar a buen puerto el Certámen. Cuando él se hizo cargo de la Exposición, el proyecto arrastraba ya una larga sucesión de aplazamientos y demoras. Don José, que era a la vez gobernador civil de Sevilla, se rodeó gente activa, y apoyado por Primo de Rivera pudo
augurarse aquélla en el plazo previsto. Con él trabajó Caravaca. Tenía éste su puesto de mando en el Hotel Alfonso XIII, donde hasta hace unos años estuvo el bar. Era hombre de honradez acrisolada, que no dejó a suyos ni un duro. Murió asesinado en 1933.